miércoles, 22 de septiembre de 2010

Caracoles

Quisiera ser como caracoles
traídos y arrebatados sin fin.
Testigos de las lunas, de los soles,
impregnados en perfumes y aserrín.

Resbalarme de manos grávidas,
preso de un arrecife desatado.
Quizás... tener melodías vívidas
para seguir cantando, aun desgastado.

Sin nostalgia entre mis vueltas
como amarras en agria sinfonía.
Cubierta de barca que, ya suelta,
no es herida por la lejanía.

Y cuando Laila aparezca
sobre aquella ilusión leve
un caracol, fortuna de pesca,
será lo único que me lleve.

miércoles, 15 de septiembre de 2010

Madurez

"Por eso el hombre deja a
su padre y a su madre para
unirse a su mujer, y pasan
a ser una sola carne"
Génesis, 2, 24

Tiene ganas de irse. Puedo verlo en su cara. Está frente a mí, como siempre, como cuando era chica y se reía de todo. Siempre estaba riendo, o tal vez me gustaba demasiado su sonrisa. Todo en ella me gustaba. Hasta ahora...
Mi mamá no me quiere, me dijo una vez. Si tan sólo hubiera pensado en todo lo que hubiera hecho, en qué no hubiera sido capaz de hacer para evitar que las cosas terminaran como terminaron.
" _Ahora dejá, soñemos un rato más, que para lo demás hay tiempo".
Eso fue lo que escuché decir una madrugada, hacía frio y yo sin abrigo. Los ojos me duraron abiertos lo suficiente como para...

... saber eso no te corresponde todavía, querida. Siempre me decían lo mismo, y yo no veía la hora de hacerme grande de un tirón y ganarme el derecho a saber "esas cosas". Mamá Leonor me ocultaba la verdad, y yo no lo veía para nada com algo provechoso. Algun día, cuando seas madre, lo vas a entender. Pobre viejita: en el fondo tenía razón. Si tan sólo hubiera pensado... en lo feliz que podría haber sido. Pero ahora ya es tarde para lamentos.

II

El día 12 de agosto, aquel martes, me desperté con una extraña sensasión. No quise levantarme enseguida, como solía hacer siempre. Me había invadido un profundo cansancio, y además estaba un poco mareada. Cuando ella vino con el desayuno no tardó mucho en darse cuenta de que algo andaba mal. Me preguntó qué me pasaba y no supe contestarle. O tal vez no quise hacerlo, quién sabe. Ella tocó mi frente y comprobó que no era fiebre lo que tenía. Estás segura de que podés levantarte, me preguntó, y yo le dije que sí, que no era nada grave.
De cualquier manera, lo que menos tenía en ese momento eran seguridades. No podía dejar de pensar en esa noche. En cuánto nos divertimos todos, y en todo lo que pasó y ninguno de nosotros hubiera imaginado. Porque esa noche, en la fiesta de Enrique, muchos vínculos cambiaron.
La manteca se desliza lentamente por la tostada, y se va derritiendo como se derritió el chocolate que comimos ayer a la tarde en la plaza. Como se derritió el hielo de tu gaseosa y la mía por el fuego que despedíamos al mirarnos. Ese fuego que nos llevó a pasar la noche como algo más que amigos. Mucho más que amigos.
Y la conciencia llega al alba, demasiado tarde, pero ahora ya no valen los lamentos. Además el desayuno está demasiado rico como para pensar en lo que debí o no hacer.
"_ ¿Qué era lo que decía tu amiga Estefanía sobre las tostadas con manteca?"
No presté atención a la pregunta. Apenas si le contesté, mirándola por entre las cejas:
"_ ¿Andás con ganas de ir a preguntárselo?"
Sí, ya sé que fui demasiado filosa para estar hablando con mi madre, pero es que en ese entonces estaba nerviosa. No me salía ser amable.
" _ Emilia querida, ¿Por qué no vas al médico, a que te vean qué tenés? Me tenés preocupada".
Sabía que no me iba a hacer caso, pero de todas maneras era mi deber darle la recomendación. Ella me prometió que iría y se levantó de la mesa con un apuro sumamente inusual. Ni siquiera se terminó el café con leche. Segundos después se escuchó un portazo en el baño.
No quiero ir al médico. Debe ser una descompostura, algo que comí. Peor que eso no puede ser, pero mi mamá siempre tiene que andar dramatizando todo. A veces pareciera que se olvida de que ya no tengo 10 años. Igualmente voy a ir, porque la verdad es que a mí también me tiene preocupada.

"_ ¿Está seguro de que es...?"
"_ Absolutamente. Así que cuidate, y hablá con él".
"_ Bueno, gracias por todo, doctor".
No se lo puedo decir a nadie. Que el doctor me perdone, pero no puedo. Y menos a él, que bien sé que hubiera querido lo contrario. Me las voy a poder arreglar sola...
... ¿Me las voy a poder arreglar sola? En realidad lo pienso y no es tan así. ¡Tengo miedo, no comprendo! Mis piernas tiemblan a cada paso. pero voy en la dirección correcta. Aunque no pueda decir nada, el único lugar adonde puedo ir es a casa. Todavía hay tiempo.

III

Los ojos me duraron abiertos lo suficiente como para saber que la nena había crecido. Yo nunca fui despistada para ese asunto, ya pasé por eso y sé lo que es. Pero se ve que en esa ocasión estaba un poco distraída, porque no lo escuché entrar.
"_ Che, no me parece que tengamos que seguir con esta farsa. Necesitan saber la verdad.
 _ Ahora dejá, soñemos un rato más, que para lo demás hay tiempo".
Eso fue lo que escuché decir una madrugada, la de aquel miércoles. Hacía frío y yo sin abrigo, aunque el realidad el frío que sentía no era sólo por clima sino también por el escalofrío de la buena nueva. Sin embargo no irrumpí en la habitación, como solía hacer siempre. Preferí esperar a que ella me lo contara cuando así lo decidiera.

"_ Pero... ¿Y no les dijiste nada?
  _ ¡No, ellos no pueden saber! Prometeme que no se lo vas a decir.
  _ ¿De qué me sirve hablar si tengo que guardar secretos?
  _ ¡Prometé que no lo vas a decir! ¡Prometelo!
  _ Está bien, está bien, no se lo digo. Pero vos deberías.
  _ Gracias, amiga, sabía que podía confiar en vos.
  _ ¿Y ya pensaste en todo? ¿Qué vas a hacer?
  _ No sé, todavía me falta un último detalle. Me parece que me voy a ir de casa, porque tarde o temprano se van a enterar y no quiero ninguna clase de discusión. La suerte ya está echada.

Ya amaneció, pero el cansancio no se disipa. Me cuesta levantarme y no sé por qué: a fin de cuentas las cosas no cambiaron demasiado. Y nada de lo que pase va a hacer que deje de quererlos. Me parece que aún no se dan cuenta de eso. Actúan raro ultimamente. Para cuando descubran la verdad ya será demasiado tarde.
¿Qué hora es? Las seis y media. Me voy a levantar antes de que sea tarde. ¿Dónde está mi ropa? El mismo amanecer cálido asciende en su jardín y el mío, pero todo el frío parece haberse dado cita acá. Me visto casi sin conciencia de lo que hago, mi cabeza está en otro lado, en lo que pasó anoche. En la realidad de las cosas, y en cómo seguir.
Abro la puerta de la pieza y voy al baño a despabilarme. Me miro en el espejo, miro mi reflejo, a la chica que tengo enfrente. Tiene ganas de irse, puedo verlo en su cara. Está frente a mí como siempre, como cuando era chica y se reía de todo. Siempre estaba riendo, o tal vez me gustaba demasiado su sonrisa. Todo en ella me gustaba. Hasta ahora, hasta esta mañana.
Mi mamá no me quiere, dije una vez. Pero no pensaba en todo lo que ella hubiera hecho, en qué no hubiera sido capaz de hacer para que las cosas no terminaran como terminan. Pero ahora ya es tarde para lamentos. Ahora el lápiz se desliza lentamente por el papel, como se deslizó ayer la manteca, y una lágrima cae sin querer, como supieron caer mis sueños.

"_ ¿Y ya pensaste en cómo ponerle?
  _ Si es varón se va a llamar Sebastián, y si es nena se va a llamar como mi mejor amiga.
  _ Mmm... me pregunto quién será - me dijo entre risas.
  _ ¿Todavía te quedan dudas?
  _ ¡No, tonta, es una broma! ¿Cómo no lo voy a saber?
  _ Ya me parecía. Bueno, mi querida Emilia, me voy a casa antes de que se líe la de San Quintín.
  _ Sí, tenés razón, mejor andá. Y cuidate mucho.
  _ Chau, amiga, nos vemos".

Seguro todavía está en el baño, como siempre, como hace todos los santos días. No sé qué hace ahí adentro tánto tiempo. ¿Será que en vez de ir al colegio se ve con el novio? Es bueno chico Lucas, pero ella necesita estudiar y llegar a ser alguien en la vida.
"_Emilia, hija, ¿Estás acá?" - pregunté golpeando, y despues entré.
No, acá en el baño no está. Debe estar durmiendo todavía la vaga esta. La voy a ir a despertar, se la va a hace tarde para desayunar.
La habitación estaba en desorden, pero todo parecía conservarse dentro de las líneas. Todo menos ella, que no se veía por ninguna parte. Mientras avanzaba pisé un sobre de papel. Decía "Mamá:". Con las manos temblando lo levanté y lo abrí. Adentro había una carta y un estudio clínico. Leí la carta, aun sabiendo de antemano lo que decía. Una madre siempre sabe el porqué de una carta así. Lo más extraño de todo era lo que decía el estudio: informaba que Emilia tenía un fibroma en el ovario izquierdo, que debía ser operado de inmediato.

En ese momento lo entendí.
Entendí que mi hija y yo compartíamos una historia.
Comprendí con una sonrisa que mi querida Emilia había madurado.
Cerrando el sobre fue que lo comprendí.



Seis compañeros de a pie

Existen muchas cosas, sentimientos y personas que me acompañan a vagar por las plazas, los antros y los subterráneos. Pero muchos de ellos, desgraciadamente, no viajan en colectivo... al menos conmigo...

Mis manos libres dejo
y mi pecho, por reflejo.
Los brazos no se cansan:
es para tomarme el reparo
de saludar entre los vivos
a quienes en paz descansan.
La indiferencia, es claro,
no viaja en colectivo.

No me atrevo a mirar de frente,
a cruzar miradas con la gente.
Compartí el camino de mil damas
ignorando lo que sentían.
Sus profundos ojos esquivo,
nunca sabré cómo se llaman.
Es duro, pero la valentía
no viaja en colectivo.

En el asiento queda su huella,
notas, sombras, pero ella
se me escapa por un segundo;
igual me olvido de la demora.
Abordar es sólo un motivo
para acompañarla a su mundo.
Pero mi amada, a esa hora,
no viaja en colectivo.

Los chocolates compartidos
con alguien muy querido
siempre son los más ricos
en el cine o en una banca.
Esos que, por dubitativos,
nunca comimos cuando chicos.
Pero su dulzura negra o blanca
no viaja en colectivo.

Aguantar despierto todo un día,
hasta el sur, no se podía.
La ruta se vuelve borrosa
a las vacaciones con mi familia.
Escucho música, leo, escribo
sobre un sendero de rosas.
Sin importar hora, la vigilia
no viaja en colectivo.

Regreso de ver una obra,
la tristeza y el dolor sobran,
pero las lágrimas no me salen
así de fácil, desde adentro.
La realidad impone estribos,
mis sueños de actor no valen,
pues la ficción y el teatro
no viajan en colectivo.

jueves, 19 de agosto de 2010

Versos de la desconocida

Concebida bajo los efectos
de algun licor sin nombre.
Hermana del sol, mi afecto,
torpe consejera de los hombres.

Alegría de su familia,
trastorno de mi rutina.
El mar la llamó Emilia,
sus padres le dicen Agustina.

Pelo crespo sin tono,
manos con perfume a sal.
Hada frágil, dulce retoño,
guardiana celosa del rosal.

Persigue mi suave descanso
con preguntas, con respuestas.
Enloquezco, y no la alcanzo
sin cargar la noche a cuestas.

Se escapa, se esconde,
deja un rastro de cenizas.
Sonríe, me nombra su conde,
me mira y entibia la brisa.

Convergencia

Llego a un punto de inflexión
en la continuidad de las negras.
Unos pasos me enfrentan, gris conexión,
y a los jazmines húmedos desintegran.

Tu cortesía me sabe a mar
pero conerva su aroma dulzón.
Íntima aún entregas con son
ansia que nunca has de clamar.

Senda convergencia de romerías
es en sí misma principio y final.
Siniestro en el libreto original:
ninguno sabe lo que debería.

Isla juvenil en la ciudad dormida,
entre los azares y conos de sombras.
Dos alientos cruzan la luz consumida
y, lejos ya, ambos recuerdos
                                            se nombran.